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Mota para todos …

La Ley de Herodes por Miguel Ángel Isidro

 

Twitter: @miguelisidro

Sin duda alguna, el carácter pluricultural, pluriétnico y multiracial de una sociedad como la mexicana hace necesario que cualquier tema de impacto sea sometido a una lectura de diversos matices.

Ya a finales de los setentas, el historiador norteamericano Lesley Byrd Simpson advertía esta condición, al publicar su magistral obra “Muchos Mexicos”, un análisis crítico sobre la conformación de nuestra multicolora identidad nacional.

Lo cierto es que en los momentos de más severas crisis, ya sean económicas, políticas o de valores, más allá de las prioridades nacionales, más allá del México profundo, nos termina ganando la trivialidad.

O dicho de otra manera: para los mexicanos, lo nuestro, lo nuestro… es el rumor, la trivia y el chisme morboso. Como el sazón de la comida mexicana: si no es picosa, no sabe.

En estos momentos, en que nuestro sistema de justicia y seguridad pública está siendo severamente cuestionado a nivel internacional, en que la economía se encuentra en el borde de la incertidumbre, en que se somete a prueba de fuego el paquete de reformas estructurales que fue motor de arranque de la presente administración federal, y con las calenturas electorales de la ruta 2016-2018 comienzan a soltar sus primeros hervores, los ojos de una buena parte de la opinión pública se encuentran centrados en un tema tan controversial como complejo: la eventual legalización del consumo de la marihuana con fines recreativos.

Hay que ser muy puntuales: no se trata de una eventual despenalización, que es un proceso completamente distinto. Lo que está por fallar la Suprema Corte de Justicia de la Nación es el recurso interpuesto por un grupo de particulares para solicitar el amparo ante la reiterada negativa de la Secretaría de Salud a nivel federal para autorizar la implementación de un club privado de autoproducción y autoconsumo de marihuana.

El argumento esgrimido por los integrantes de este colectivo autodenominado Sociedad Mexicana de Autoconsumo Regulado y Tolerante (SMART), es que al denegar el permiso para el establecimiento legal de un “club de marihuana” en México contraviene sus derechos humanos y expone a sus integrantes, como consumidores de cannabis, al riesgo de extorsiones por parte de representantes policiacos y los pone en condición vulnerable ante el crimen organizado, todo en aras de su sacrosanto derecho a quemarle las patas al diablo.

Ciertamente, a nivel mundial se está dando una importante corriente de opinión en favor de eliminar restricciones legales para el consumo regulado de la cannabis sativa para fines médico-terapéuticos, así como para efectos lúdicos. En distintos estados de la Unión Americana y con mayor antelación, en algunos países de Europa se ha reconocido que el permitir que la marihuana sea consumida bajo ciertos lineamientos legales ha erradicado riesgos en materia sanitaria y de prevención del delito; amén de la importante derrama generada en materia de impuestos y de lo que podríamos llamar, en el colmo de los eufemismos como el “turismo canábico”.

¿Está México en condiciones de enfrentar un debate social de esta naturaleza? En estricto sentido sí; llevamos cerca de tres décadas en proceso de transición democrática; la alternancia partidista es una realidad consolidada desde hace 15 años y en los años recientes muchos temas igual de polémicos se han desmitificado: el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo y hasta la posibilidad de que candidatos puedan participar en procesos electorales sin la bendición de algún partido político, por mencionar algunos.

Sin embargo, hay que advertirlo, México no tiene las mismas condiciones sociales, económicas ni culturales de otras entidades y países donde se ha despenalizado el consumo de la mota.

Tampoco es un tema de mayorías: la realidad es que si de eso se tratara la gobernabilidad democrática, me atrevo a preguntar si alguna autoridad tendría el valor de impulsar una gran consulta pública sobre temas como el pago de impuestos  , o el monto del financiamiento destinado a campañas, candidatos y partidos políticos. ¿Se imagina como le iría a nuestro sistema político si se atreviera a consultar sobre estas materias?

Definitivamente, México es un país de contrastes. Pareciera ilógico que el mismo país donde apenas hace unos meses Michoacán ardía en llamas, donde Guerrero se convertía en el epicentro del activismo radical y entidades como Tamaulipas y Morelos resienten los embates de la delincuencia organizada pese al optimismo de las cifras oficiales; sea el mismo donde se desarrolló una glamorosa y exitosísima edición del Gran Premio de la Fórmula Uno o ahora se debate sobre el libre derecho de algunos cuantos a quemarle las patas al diablo sin ser molestados por autoridad alguna, respetando su libre albedrío en materia de usos lúdicos o recreativos…

Lo real es que con una eventual legalización de la marihuana, resulta poco menos que imposible pensar en una disminución en la presencia, poderío económico y capacidad operativa de la delincuencia organizada en nuestro país. En los últimos lustros, hemos visto a estos grupos transitar sin problema a distintos tipos delictivos; narcotráfico, secuestro, trata de personas , extorsión y cobro de derecho de piso, entre otros. El poder del Estado ha sido insuficiente para poner freno a su versatilidad.

El rostro de las adicciones en México también se ha transformado de una manera vertiginosa. La marihuana perdió terreno como la droga más popular; el consumo de la cocaína dejó de ser exclusivo de las élites y los amantes de la vida nocturna; el narcomenudeo diversificó los mercados y ahora hasta en las zonas más pobres del país se conoce del consumo y tráfico de drogas de diseño. Para el lumpen quedaron los solventes y el cemento. La marihuana ahora toma el papel de producto de consumo para una élite pequeñoburguesa e informada; su consumo ya comienza a advertirse como cuestión de estatus.

Sigamos perdiendo pues el tiempo en estos banales debates. Total, cuando queramos dar el golpe en la mesa y volver los ojos de la Nación a la problemática del México profundo, del que nos debiera preocupar, no faltará una voz que desde el cuarto de controles del poder económico, político y fáctico dicte la orden que falta: ¡Nadie se mueva!…. ¡Mota para todos!

DE BOTEPRONTO: Lo cierto es que una eventual despenalización del consumo de la marihuana o cualquier otro tipo de enervantes obligaría a redoblar esfuerzos en materia de orientación, prevención y rehabilitación desde el ámbito de los gobiernos de los estados. Claro, si nuestros heroicos gobernadores se preocuparan de otra cosa que no sea hacer negocios o preparar su siguiente campaña política… ¿verdad?