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Despilfarro y porfirismo

Escaparate por Mario Barrera  Arriaga

Más de 640 millones de pesos al mes erogarían la Secretaría de Salud, la de Economía y el SAT para ubicarse en nuevas oficinas en rascacielos lujoso. Y por la misma línea, del gaste ahora para ahorrar después, va el Instituto Nacional Electoral, que aunque para 2016 no hay previstas elecciones concurrentes, pretende construirse un nuevo edificio y adquirir otros inmuebles en distintos puntos del país, so pretexto de ahorrar en el pago de rentas. Y para no quedarse atrás, la propia Presidencia de la República se apresta a disfrutar del nuevo y lujoso avión que aguarda por la sofisticación y el lujo a que están acostumbrados en Los Pinos. Tiempo de austeridad para unos, mientras para otros es de despilfarro.

Ciertamente, nunca hemos estado en la mira de las autoridades como prioridad, porque, en contraste, los reportes internacionales en torno a que si bien es cierto que los más pobres entre los pobres han mejorado un poco su situación, la realidad es que si había clase media en este país, está en peligro de extinción, porque cada vez es mayor el número de personas que se incorporan al sector de los pobres a secas, pero que no por eso es menos lacerante.

Este es un país de enormes riquezas, no tendrían que existir la pobreza alimentaria teniendo la gran cantidad de litorales de que disponemos para comer pescado todos los días y no padecer desnutrición. Mucho menos deberíamos ser pobres, si consideramos las riquezas del subsuelo y que no se agotan en el petróleo, pero actualmente el sector minero es explotado sin nada a cambio por empresas extranjeras.

Los priistas de hoy, y muchos de sus aliados, cuando hablan de sus reformas, quieren vendernos la idea de que la apertura y la subasta de los bienes nacionales nos colocarán en el primer mundo, cuando la realidad es que los únicos beneficiarios son ellos, ya sea vía la realización de la infraestructura en las empresas que improvisan para concederse las licitaciones, o de socios extranjeros que supuestamente invierten en el país.

La realidad es que, aunque no lo acepten, estamos regresando a tiempos del porfiriato.

Efectivamente, previo a nuestra Revolución, el defenestrado Presidente atrajo a empresarios para fortalecer la infraestructura ferroviaria, la carretera, la petrolera, entre muchas otras, y el país experimentó un enorme cambio no sólo de imagen, sino de operatividad.

No obstante, el pequeño gran detalle es que el porfiriato se encargó de construir la infraestructura indispensable para que vinieran a “invertir” en México, y ellos se ocuparon de poner la tecnología y de administrar las ganancias.

Hoy ocurre lo mismo: los mexicanos, con nuestros recursos, estamos aportando lo necesario para que las grandes empresas tanto nacionales como internacionales simplemente se lleven las concesiones con una inversión mínima y todas las ganancias, a costa nuestra.

Y es que, en este, que es el país del absurdo, ocurre que nosotros ponemos las obras para arrancar los proyectos y los inversores extranjeros simplemente llegan a agandallarse esa infraestructura y operarla por los siglos de los siglos. Este neocoloniaje a la postre incluso motivará levantamientos de la sociedad.

Cualquier gobierno en sus tres sentidos -cuando habla de apertura e inversión, y recurre al gastado argumento para ello de que prefiere utilizar los recursos de que dispone en el desarrollo social- esperaría que los extranjeros y nacionales que invierten en obra se hagan cargo de ella de principio a fin, sobre todo en materia de soporte financiero. Es eso lo que justifica la apertura y la presencia de capital privado en la obra pública, y sin embargo no ocurre así, porque ni invierten en desarrollo social, ni aquellos en las obras comprometidas.

Y no es que los mexicanos no nos demos cuenta de los engaños. Tampoco es que carezcamos del valor para protestar por ello. El régimen se endurece cuando alguien se opone a sus propósitos, no así para cumplir con eficacia y poner orden en otros rubros, como el de la inseguridad, la corrupción y la impunidad, por ejemplo.

Se trata de una doble regresión: la que radica en la forma como el gobierno se relaciona con los empresarios a nivel local e internacional, y la de las medidas que adopta, de represión y autoritarismo, para llevar a cabo sus planes.

Hasta ahora, para nuestra fortuna, son tan corruptos e ineptos, que muchos de sus proyectos se han caído, junto con su supuesto prestigio por las reformas y proyectos.

Y entre todo esto el despilfarro con el que comenzamos esta entrega.

Si no se realizan los grandes negocios, al menos quieren emprender los pequeños, pero que igualmente representan ingresos a corto plazo para su liquidez inmediata.

No hay, ni permitirán que exista, un órgano verdaderamente independiente y autónomo que evalúe sus decisiones y proyectos.

Por sobre todo, uno que de verdad sancione.