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1985: La muerte del antiguo régimen

“La Ley de Herodes” por Miguel Ángel Isidro

Este fin de semana, se cumplieron 30 años del terremoto que sacudió las entrañas de la Ciudad de México, y que marcó el inicio de la más profunda crisis que ha enfrentado el Estado Mexicano en su época moderna.

Más allá de la destrucción, del drama de los miles de muertos (de hecho hasta la fecha se desconoce la cifra oficial de decesos), y del éxodo forzado de millones de capitalinos que se vieron en la necesidad de buscar mejores condiciones de vida en el interior de la República, el terremoto del 85 exhibió la ineficiencia gubernamental, y abrió los ojos de miles de ciudadanos hacia la única opción confiable frente a un sistema decadente y corrupto: el de la sociedad civil organizada, participativa y promotora de la autogestión.

Las secuelas políticas del desastre no se hicieron esperar: en 1988 millones de mexicanos le dieron la espalda al PRI, generando una enorme sombra de dudas sobre la legitimidad del triunfo de su candidato, Carlos Salinas de Gortari, quien se vio obligado a continuar haciendo campaña política desde Los Pinos, misma que coronó con la creación del Programa Nacional de Solidaridad, y posteriormente con la creación de la Secretaría de Desarrollo Social, teniendo como primer titular al malogrado Luis Donaldo Colosio Murrieta.

De igual manera, cuando en 1997 se concretó la democratización del Distrito Federal, a través de la elección del jefe de gobierno y los asambleístas, se hicieron patentes las secuelas del sismo; la capital pasó a ser gobernada por la oposición y comenzaron a cobrar fuerza muchos liderazgos emanados de los movimientos sociales surgidos de la inconformidad de distintos sectores de la sociedad frente a la lenta reacción del gobierno federal ante el desastre.

A finales de la década de los ochentas y principios de los noventas, la alternancia política comenzó a ser un elemento creciente en distintos espacios de gobierno y representación; municipios, distritos y entidades federativas que durante décadas fueron coto exclusivo del otrora todopoderoso PRI comenzaron a ser ocupados por cuadros de otras fuerzas políticas; y finalmente, en el año 2000 se suscitó lo que muchos consideraban imposible: el tricolor perdió la Presidencia de la República.

Hacemos este recuento porque muchas veces, la enorme carga de información nos impide ver en perspectiva los hechos desde sus orígenes y esencia misma, haciendo patente que los episodios de crisis –como el movimiento del 68 y el sismo del 85- han representado también una fuente poderosa de cambios políticos y sociales. El sistema requiere de ese tipo de sacudidas para revitalizarse, y aunque esto implica momentos de choque, dolor y pérdida para la sociedad, también se generan lecciones históricas que vale la pena comprender y aquilatar.

El sismo del 85 desnudó a un sistema inepto, corrupto e indolente, incapaz de atender una situación emergente en un momento de crisis. Muchos ciudadanos entendieron la importancia de organizarse, alzar la voz y actuar para ejercer presión social a las estructuras de poder.

En el México del siglo XXI, la resistencia y capacidad de asombro de los ciudadanos parece haberse visto rebasada. La presunta lucha contra el crimen organizado ha traído miles de muertes, pero en ningún lugar de la República parece estar funcionando un modelo exitoso para contener la escalada de violencia y agravios a la sociedad.

Los ciudadanos han aprendido que con su voto pueden premiar o castigar a los políticos por su desempeño; se han consolidado –a un costo exorbitante-las instituciones electorales. Sin embargo, hemos visto un debilitamiento de las ideologías; los políticos cambian de camiseta y emblema sin el menor pudor; la única finalidad de la lucha por el poder es el mantenimiento de los privilegios y canonjías de una clase política cada vez más decadente.

A los mexicanos del 2015 pareciera que pocas cosas nos impresionan. ¿Necesitaremos otro terremoto para salir de nuestro marasmo y despertar la conciencia nacional?

Es pregunta.

DE BOTEPRONTO: Nuevamente se hace evidente la inoperatividad de la estrategia de comunicación del gobierno federal. Ni siquiera la captura del presunto autor material de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, ocurrida hace un año, ha logrado generar total certidumbre a la postura oficial. ¿A qué le tiene miedo el equipo del Presidente Peña Nieto? ¿Quién se beneficia con el discurso y la consigna de que “fue el Estado”?